Cierto es que el mérito de ambos es haber analizado este proceso y ponerlo a disposición de determinadas organizaciones, en cualquier caso, si ha habido alguna institución que ha practicado con éxito la técnica del enmarcado a lo largo de la historia ha sido el entorno religioso y en especial la iglesia católica. El caso es que activar los marcos cognitivos de la sociedad para influir en las percepciones y las conductas es eficaz si los marcos que se activan son los que rigen y determinan la conducta de las grandes masas, pero si las palancas que activan a la sociedad cambian, los marcos que hay que activar también deben cambiar.
El caso de España es significativo por haber sido un país con una fuerte impronta católica en su cultura. Sin embargo, las cosas han cambiado y la Iglesia, con la Conferencia Episcopal a la cabeza, pierde poco a poco el control de la situación y persiste en errores básicos. Nos guste o no, la gestión de las percepciones es hoy la clave para mantener cuotas de influencia, poder y persuasión y la gestión de las percepciones debe hacerse mediante técnicas de gestión de la comunicación.
Vamos por partes. En el año 1965 el 83% de los españoles era católico practicante; en 2008 lo era solamente el 27,7%. En el año 1965, solamente un 15% se declaraba católico no practicante, en 2008 un 45,8%. La suma cultural sigue siendo mayoritaria, pero el impacto real que tiene el catolicismo en valores core se ha desplomado. El dato más significativo es el de los ateos y no creyentes, que pasan del 2% en 1965 al 14,5% en 2008, al que hay que sumar un 9,6% de indiferentes, un 1,6% que se declaran practicantes de otras religiones y un 0,7% que no contesta (
Fuente: Estudio CIS, número 2752 de 2008).
La iglesia tiene un problema serio, pero mantiene una fortaleza clara, la ascendencia cultural que aún persiste y rige sobre alguno de los valores básicos de la sociedad. Pero, desde una perspectiva de la gestión de las percepciones ¿qué ha pasado? La Iglesia, aliada con el poder durante siglos, ha basado su estrategia de permanencia e influencia en activar los marcos del miedo (articulados a partir de las consignas pecado y temor de dios) y de la sumisión (articulados a partir de la aceptación del dogma y de las obligaciones). Cuando esto ocurre en un contexto de difícil acceso a la información y con grandes porcentajes de población con índices de nivel cultural inferiores al pensamiento autónomo, el control de la población es absoluto y si, como ha ocurrido en España durante años (la Iglesia estaba pegada a los núcleos de poder en los que se toman las decisiones), la hegemonía cultural es absoluta.
La ruptura de esta hegemonía viene cuando las sociedades evolucionan en contextos de más libertad, de mayor y mejor acceso a la información y con mayor índice cultural. En contextos semejantes, activar marcos cognitivos de miedo, sumisión y fe implica perder influencia en la configuración de imaginarios colectivos. Esto sucede porque actualmente existen valores universales laicos como la solidaridad (frente a la caridad), feminismo e igualdad (frente a estructuras patriarcales), hedonismo (frente a sufrimiento –la vida es la que vivimos no la que puede venir), y la diversificación de movimientos sociales en ámbitos de impulso al desarrollo de la mano de ONG y movimientos asociativos (antes estas prácticas eran realizadas casi en exclusiva por organizaciones religiosas) han impulsado corrientes laicas, ateístas, relativistas o simplemente humanistas sin pretensiones religiosas que activan marcos cognitivos tan o más potentes que los religiosos y dogmáticos.
Ante este binomio que actualmente enfrenta religión y laicismo ¿está la Iglesia desarrollando una estrategia de comunicación adecuada? No ¿Por qué? Básicamente por dos cuestiones. La primera de ellas es estética y la segunda es de mensajes.
La estética tiene que ver con la puesta en escena milenaria que subraya el rito y puede llegar a fascinar por su orden y verticalidad a los entregados a la causa, pero que resulta alejada, fría y rechazable para las nuevas generaciones. Además, lo hemos visto hace pocos días en la visita del papa Benedicto XVI a España,
sigue relegando a la mujer a un plano secundario, inconsistente y residual en el que
las monjas siguen desempeñando un papel de sirvientas de la curia ocupando funciones de gobernantas y sin ningún viso de cambiar.

La segunda cuestión es la de los mensajes y, dentro de los mensajes, destaco dos frentes: el de los contenidos y el de la estructura. Cierto es que el objeto esencial del mensaje religioso es intangible y tiene que ver con la fe. O crees o no crees, pero, como cualquier institución que desempeña su papel en un mundo tangible y real, debe pronunciarse sobre realidades que atañen al mundo real y las posiciones de la Iglesia siempre, toda la vida y la historia lo demuestra, han ido por detrás de los acontecimientos. Su papel es el de contener euforias, pero lo cierto es que muchos de los excesos cometidos y que siguen cometiéndose en países con una marcada influencia católica, han recibido de la Iglesia o sordina o respuestas tardías o equivocadas que han hecho mucho daño y han causado mucho dolor. Desde un punto de vista estructural, los discursos eclesiásticos son fríos y alejados. Las frases de sus prescriptores principales (Papa, cardenales y obispos) siempre están cargadas de subordinadas y yuxtapuestas que muy pocas veces encajan con la estructura sencilla, corta, ágil y directa que demandan los medios actuales, a la postre los canales de diseminación de mensajes en los que se basan los éxitos de aquellas instituciones, empresas o personas que quieren proyectarse con éxito en la sociedad actual.
La iglesia, especialmente en España, se encuentra en un franco declive en cuanto a influencia social, pero mantiene la gran ventaja de estar en el ADN cultural de millones de personas. Mantiene también una de las fortalezas que hacen que el hecho religioso siga vivo en todo el mundo: la debilidad humana a sentirse solos en el mundo. Mientras, el desarrollo científico e intelectual, poco a poco, paso a paso, se encargan de desvelar todas las incertidumbres.