Normalmente uso la fórmula “Algunas lecturas buenas” para hacer
balance de lo que más me ha gustado de lo que he leído, he escuchado o he visto
durante el año. Hoy, que arrancamos 2016, cambio el paso y mezclo varios
asuntos más.
Si echo la vista atrás, yo me quedo con mi experiencia
leyendo Un hombre enamorado, de Karl Ove Knausgard. He de decir que, tras
acabar el libro, estuve casi un mes sin poder hincarle el diente a otro libro.
Es como si el ejercicio de honestidad brutal que había puesto Knausgard en esas
páginas, me hubiese arrastrado y zarandeado también a mi hasta la catatonia
intelectual. Si la auténtica literatura no tranquiliza: inquieta y no
simplifica la realidad: la complica, yo le dejo el honor a Karl Ove de ocupar
uno de los lugares preferentes entre los libros que han marcado mi vida. Sí, es
verdad que todo acompaña, tu estado vital, tus experiencias del momento, todo,
pero si se ha producido un alineamiento de todas las variables ¡qué bienvenido
ese alineamiento!
Y después de Un hombre enamorado ¿qué? ¿nada más? Hubo otros
libros, pero desgraciadamente, siendo buenos, no ocuparán el lugar que le
otorgo al de Knausgard. Sin embargo, no quiero dejar de nombrar algunos de esos
disfrutes personales provocados por la lectura de Hombres sin mujeres, de
Haruki Murakami; por la lectura de Correr, de Jean Echenoz; por reescuchar
algunas canciones de Belle&Sebastian; por haber descubierto Amazing Day, de Coldplay o por ver cómo el cabo de Trafalgar se tragaba el sol durante una
puesta magnífica en julio y disfrutarla después de cinco años sin hacerlo; por
sentir mucho, mucho mis equivocaciones y torpezas y por sentir mucho, mucho
amor.
¿Y 2016?
Mirando hacia delante, lo que veo es un año de cambios
importantes. A nivel general estamos en medio de una transición no solamente
política, si no en plena mudanza a un relevo generacional y de impacto
tecnológico que está dejando obsoletas estructuras sociales, políticas, tipos
de poder, estrategias comerciales, maneras de hacer y formas de actuar. Veo que
algunas formas antiguas de hacer viven del enroque que personalizan dirigentes
que no saben que su guerra ya ha terminado o que simplemente están rodeados y
su tiempo ya ha pasado.
Fíjense, pensaba el otro día en quién podía encarnar mejor
este error mayúsculo respecto a la percepción del cambio y, con todos mis
respetos y sin ánimo de desmerecer, pero me salían las empresas de
reclutamiento. Los comúnmente conocidos headhunters o caza talentos. Asistir a
la simbiosis entre los headhunters y grandes organizaciones es lo más parecido
a esa pantomima del no me chilles que no te veo. Nunca vi tan poca valentía por
no hacer el esfuerzo de entender que el talento está en las habilidades de la
gente y en cómo las desempeña en su trabajo, no en el periplo profesional que
alguien ha recorrido o los master que ha estudiado. Pero claro, para eso hay
que hacer un grandísimo esfuerzo y las
empresas de reclutamiento se han convertido en la gran coartada para
inflar estructuras obsoletas y hacer permanecer modelos inútiles, caros y
de pésimo retorno con la complacencia de quienes deciden apoyarse en ellos para
hacer que gestionan el cambio. Mientras tanto, se denosta lo académico, lo reflexivo y se olvida que no hay buena práctica sin una buena teoría.
Como siempre, el nuevo espacio generado por el cambio será
de aquellos que sepan moverse en los ángulos ciegos y estos no están donde
todos miran. Mucha atención, empieza a ser tarde. Feliz año.

