sábado, 22 de agosto de 2009

Simetrías

El verano no es parco en noticias. En la intrahistoria siguen sucediendo las mismas cosas que normalmente no saltan a los informativos durante el resto del año porque forman parte de aquello sobre lo que hay que echar sordina. En verano también ocurre, claro. Durante estos días de agosto he podido reflexionar más sobre las teorías de Shannon y Weaver en las que vinculan la necesidad de información a la reducción de la incertidumbre. La necesidad de información es un concepto acuñado por Claude Steiner al hilo de la formulación de Eric Berne ‘necesidad de caricias’ en su teoría del análisis transaccional.

Bien ¿y qué tiene que ver todo esto con las simetrías? Pues que controlar la información asegura un cierto orden social y este afán de control es inherente a la estructura de poder. Si seguimos la senda de Shannon, hay núcleos de poder que, aprovechándose de la necesidad de información por parte de los individuos, son capaces de inducir un proceso de comunicación lo suficientemente consistente como para influir en la construcción de imaginarios sociales, en las percepciones grupales y configurar opiniones. Esto, nos guste o no, ha ocurrido siempre y se agudizó sobre todo durante la guerra de bloques del pasado siglo.

La simetría surge cuando los núcleos de poder desinforman y la desinformación es la pauta. La simetría es perfecta porque la experiencia de los destinatarios es la misma si estos consumen información veraz o falaz. Lo que cambia es la intención del inductor de la información. Normalmente el esquema es muy básico: quien ostenta el poder suele optar por controlar el proceso informativo viciándolo parcialmente o simplemente adaptándolo a sus objetivos. En el otro lado está quien aspira a obtenerlo y es aquí donde surgen dos derivadas: la primera es la de desmontar la estrategia de control informativo y este papel debería ejercerlo esencialmente el periodismo de calidad, absolutamente desaparecido hoy en día. La segunda derivada es la de confundir para debilitar al que ejerce poder. Esta estrategia la está sufriendo claramente este mes de agosto de 2009 Barack Obama quien, absolutamente entregado a cumplir con una de sus convicciones personales más atávicas, busca reformar la sanidad de su país y paliar que decenas de millones de norteamericanos no tengan acceso a la sanidad. Frente a esto, el entorno más conservador del ala republicana y de la sociedad civil, se ha tirado a tumba abierta a difundir consignas moralistas que nada tienen que ver con el fondo de la cuestión. Y ahí reside la clave de esta suerte de contrapoder: los sectores sociales más vulnerables confundirán el verdadero referente del debate y este corre el riesgo de convertirse en un debate pseudo religioso, no de gestión y de derecho social. Este es el gran drama al que se ven abocadas las sociedades que se rigen mayoritariamente por la ideología y no por los valores. La estrategia del, en este caso ostentador del poder, debe ser neutralizar el debate ideológico y reconducirlo a un debate de derechos civiles basado en valores muy sencillos: derecho universal a la salud.

No pretendo analizar en este post esta cuestión en concreto, pero no puedo dejar de encontrar similitudes y simetrías entre esta cuestión y otras similares donde la confusión y la desinformación emergen como cortinas de humo para tapar miserias propias. Cierto es que luego el tiempo pasa, todo se disipa y queda en evidencia la contumaz inconsistencia de los agitadores. Hoy, por poner algunos ejemplos, me vienen a la cabeza casos como el de Nixon y el Watergate, el de la tenencia de armas de destrucción masiva en manos de Irak alentada por el ex presidente español José María Aznar, la negación de la crisis por parte del actual presidente del gobierno José Luis Rodríguez Zapatero durante las elecciones generales de 2008 en España o la ficticia fortaleza esgrimida por los directivos de Enron en 2001. En definitiva, la estrategia para informar y desinformar es simétrica mientras los destinatarios sean pasivos. La clave reside en cómo responden estos al flujo informativo que consumen, cómo lo decodifican y cómo actúan. Ser más o menos vulnerables está en nuestra mano.