domingo, 23 de febrero de 2014

Música



Era el año 1989, probablemente invierno. No lo sé. Lo que sí sé es que estaba en aquella habitación de mi casa de forma imposible que se abría al final de la ele del pasillo. La escena era paradójica. Yo sentado en un sillón de oreja marrón con las piernas al cobijo de una faldilla de la mesa camilla. Una pose más de un anciano que de un chico de 16 años. Oía a Halloween a bajo volumen en un radiocasete de doble pletina. La luz era tibia. Leía. Eran las seis de la tarde, probablemente fuera hacía ese frío suave y seco de la meseta que anticipa la primavera durante las últimas tardes del invierno.

Uno de mis hermanos entró en la habitación y me dijo que Camacho y Richard estaban en casa. A los pocos segundos entraron en la habitación. Se sentaron y nos reímos. Hablamos. Halloween seguía sonando de fondo. Hablamos de música. Ellos eran fanáticos de los Beatles y yo estaba loco por el heavy metal. Dos contrapuntos que no imposibilitaba que nos juntáramos para tocar canciones con guitarras españolas prestadas. Tocábamos sentados en rulos en las eras a las afueras de Ocaña, o en bancos de cualquier parque, o en las piedras de la Fuente Grande. Todos progresábamos con decisión en nuestra técnica autoaprendida, salvo Richard, que unía su interesante voz a su vaguería biológica. Hablamos de lo complicado que era hacerse con instrumentos dignos sin tener un duro. Al fin y al cabo todos éramos estudiantes que vivíamos en un pueblo y pertenecíamos a familias del extrarradio de la clase media.

Pasó como si nada. Camacho dijo Tienes que escuchar esto. Y yo, que siempre he tendido a decir que sí y a ser un buen escuchante para complacencia de mis interlocutores, le dije Sí, que claro, que oiríamos esa canción. Alguna vez me había interesado por escuchar a los Beatles y oía a mis amigos hablar emocionados de esta o de aquella canción. Richard sacó una caja en la que se veía la portada de Let it Be. Las caras de los cuatro Beatles metidas cada una en su recuadro, unidos artificialmente, que al fin y al cabo era el estado del cuarteto en la época en que grabaron aquellas canciones de aquél álbum. Saqué la cinta de la caja. Apagué la música de Halloween e introduje la cinta de los Beatles en el radiocasete. Richard ocupó la posición delante del aparato y rebobinó hasta dar con el corte. Apretó el botón de play y sonó. Primero el punteo de guitarra, luego el rasgueo de la guitarra acústica y la voz nasal deslizando

Words are flying out like
endless rain into a paper cup

They slither while they pass

They slip away across the universe

Pools of sorrow waves of joy
are drifting thorough my open mind

Possessing and caressing me

Algo hizo click en mi cabeza. Seguí escuchando mientras notaba como algo nuevo sucedía. Era como despojarse de una capa seca que molesta y lucir otra fresca con la que te sientes otra persona. Me limité a asentir y a decir que estaba muy bien. Al día siguiente tenía un examen y le dije a Richard que si me dejaba la cinta unos días. Richard era generoso y me dijo Claro, tío, quédatela. Se marcharon. Me quedé en casa estudiando y excitado hasta la noche. Me metí en la cama y enganché al radiocasete unos inmensos auriculares para no molestar a mi hermano que dormía en la cama de al lado. Di tres vueltas completas al Let it Be con la atención y fruición con la que cualquiera asiste a una visión extraordinaria, como si fuese la última cosa que fuese hacer en la vida.

A partir de ahí, me dediqué a diseccionar todo lo de los Beatles que se me ponía por delante; aprendía a tocar las canciones con la guitarra, repetía una y otra vez los solos de George Harrison. Un par de años más tarde, habíamos logrado hacernos con algunos instrumentos y un local de ensayo. En el verano del 91 dimos un concierto en un pub en Noblejas. El pub estaba a reventar. Gente conocida. Amigos, examigos, algunos denostadores acérrimos de lo que representábamos ese quinteto que allí tocábamos, familiares, desconocidos. El arranque de A Hard Day´s Night lo recuerdo con verdadera intensidad. El segundo después del golpe de cuerdas inicial, ese segundo antes de que Richard se desgañitase con la primera estrofa; las caras de la gente sonreían con simpatía cuando Gerardo y Camacho le hacían los coros en Twist and Shout; la sorpresa de la gente cuando deslicé la armónica en mi boca mientras acompañaba con la guitarra el I Should Have Known Better; el silencio mayúsculo cuando me quedé acompañando con la guitarra a Richard en Yesterday y capté la mirada curiosa de ella; el alborozo eléctrico que recorrió el pequeño local cuando finalizamos Birthday.


La música había logrado avivar mis reservas más íntimas. Ese pequeño momento que me agitó al escuchar Across the Universe me puso manos a la obra para deshacer los nudos que me atenazaban.  Todos los hombres nuevos que llevo dentro se desplegaron en fila, preparados para salir. El primero salió y disfrutó preparando el camino para los que vendrían detrás.