domingo, 10 de noviembre de 2013

Ejemplaridad



Allá por el año 2004 leí que el Premio Nacional de Ensayo había caído en un desconocido, al menos para mi, director de la Fundación Juan March: Javier Gomá Lanzón. La obra premiada se titulaba Imitación y Experiencia. Yo mismo había entrado en esa temática a través de Las Leyes de la Imitación, un estudio de Gabriel Tarde publicado en 1902, mientras preparaba mi tesis doctoral, Comunicación, Innovación y Cambio.
Me lancé a la búsqueda del libro de Gomá y hoy ocupa un lugar destacado en mi modesta biblioteca lleno de marcas y subrayados.

Con esta obra, Gomá Lanzón iniciaba una tetralogía consagrada a la ejemplaridad. Probablemente el tema de nuestro tiempo que hoy nos ocupa y nos preocupa precisamente por su ausencia en los centros de decisión, sean estos del tipo que sean.

No puedo más que aplaudir, atender y difundir el trabajo de Gomá. Animar a leer sus libros y artículos. Mientras tanto, dejo una píldora: un vídeo con su ponencia durante la apertura del curso académico 2013-2014 en ESADE. Es tremendamente interesante. Algunas ideas fuerzas de esta conferencia:

Para mucha gente pensar es haber pensado. Compendiar lo que ya han pensado otros.

La cultura de la sospecha ayudó a conquistar amplios espacios de libertad individual aunque ya ha dado todos sus réditos.

No conformarnos con la vulgaridad aunque vivamos en el mejor momento de la historia de la humanidad.

El inteligente encuentra los medios adecuados para alcanzar un fin y el sabio define y elige bien los fines mismos. No es difícil encontrar a personas inteligentes viviendo una vida tremendamente infeliz.



domingo, 3 de noviembre de 2013

El espíritu de la Transición

Portada de la revista TIME. Junio de 1977

Uno de los mantras que se han venido repitiendo durante la crisis en España, especialmente en el ámbito de los movimientos sociales, en el entorno parlamentario de partidos como Izquierda Unida y otros, es que el legado de la Transición había fracasado.

Esta idea, que busca anclar la crítica en el origen del periodo democrático más pacífico y largo de la historia de España, es tremendamente injusta aunque no le falte razón en algunas cosas.

Cuando entré en la universidad en octubre de 1991, llevaba poco más de un año en Madrid. Había llegado un año antes a estudiar COU vestido con mis complejos de provinciano. De hecho, no había vivido en Madrid desde que me marché con mis padres cuando tenía 4 años. Mis expectativas eran altas. Tenía todas mis meninges dispuestas a aprehender todo aquello que confirmase que todo lo que me habían contado era mentira; que el consenso democrático que había permitido que nos adocenásemos dulcemente, tenía un ángulo ciego que había que destripar. Me equivoqué. Salvo las honrosas excepciones del grupo de personas con el que conecté, me topé con una generación sesgada al lado más pacato de la vida. Lo pasado no era necesario revisitarlo ni entenderlo y la tendencia era sublimar los estertores del felipismo para dar la bienvenida a lo que nos impregnó cinco años más tarde y que Vázquez Montalbán bautizó como 'La Aznaridad'.

Así ocurrió, y todos los que veníamos del baby boom, surfeamos encima de una ola de acomodación, estulticia, adocenamiento y frivolidad. La gran mayoría. Cuando llegó el gran batacazo del 2008, ha encontrado una parte de su vida resuelta gracias a los golpes de suerte de sus padres. Sin embargo, una gran mayoría, inerme, sin trabajo, sin recursos y sin anclajes revisionistas ni culturales para hacer auto crítica y entender el porqué de las cosas, ha decidido que la culpa viene del origen, de la Transición, en lugar de poner el foco en sus repercusiones. No estoy de acuerdo. No solo no estoy de acuerdo, sino que pienso fervientemente que lo sucedido durante el primer año de gobierno de Adolfo Suárez y los acontecido entre las primeras elecciones democráticas de junio de 1977 y 1979 es probablemente el mejor manual de inspiración y autoayuda que necesitan los políticos actuales y la sociedad en general. El gran legado de Suárez fue poner en marcha un proyecto en el que no hubo vencedores ni vencidos. Luego, la deriva nos llevó a fraguar sobre estos sólidos cimientos un modelo con enormes taras entre las que la corrupción ha sido su principal seña de identidad. Y ha sido precisamente la corrupción, pero no la Transición, lo que ha generado la mayor parte de los problemas que sufrimos actualmente.

En definitiva, concentremos nuestra crítica y nuestras ansias de limpieza en arrancar estas malas hierbas: la corrupción, la falta de coherencia, la falta de tacto y de compromiso democrático, que se han apoderado de un terreno fértil y generoso que surgió de ese trienio mágico. Es especialmente importante que los que en aquel tiempo vestíamos con pantalón corto, recuperemos ese espíritu. Si me permitís una recomendación, echad una lectura al último libro de Fernando Ónega: Puedo Prometer y Prometo. Mis años con Adolfo Suárez.