sábado, 26 de mayo de 2012

Sin modelo no hay paraíso




Las cosa son fáciles si las personas las hacen fáciles. Las cosas funcionan si las personas que las hacen tienen un modelo y un objetivo, las dos baquetas básicas para marcar el ritmo. Si echamos un ojo a lo que está pasando en España parece que advertimos que las cosas no son fáciles, que las personas que se muestran a los mandos tampoco hacen que sean fáciles, que no hay modelos ni tampoco objetivos.

Empecemos por las personas en las que hemos depositado la responsabilidad de gobernar o, simplemente, aquellas a las que hemos encumbrado altar de los prohombres en pedestales inflamados de percepciones equivocadas. Sería injusto hacer una lista con todos, porque dejaríamos fuera a miles de anónimos ediles, constructores, especuladores y categorías extrañísimas de palomeros del pelotazo. El caso es que, sorry so much, al final, los más expuestos son los que deberían estar en la galería de los horrores españoles. Podríamos empezar por apellidos comunes que han devenido en categoría de corrupción y mamporrerismo (Fabra, Gil y Gil, Roca, tantos); seguir por aquellos que han cristalizado en estulticia política y una absoluta falta de visión rayana en lo dañino (Blanco, Zapatero, Chaves, Aznar, Sebastián, Cascos, Ibarretxe, tantos); continuar por aquellos que elevamos a categoría de imprescindibles siendo un enorme bluff de dimensiones extraordinarias, algunos venidos a menos cual souflé recalentado y antaño mostrados como enormes visionarios (Rato, Bañuelos, Sanahuja, Santamaría, Martín, tantos) y otros que, viviendo en la inercia del vacío generalizado, tratan de regar su maltrecho crédito a la espera de que vuelen también por los aires y el paso de los años los sitúe como parte importante del mal que nos azota (Aguirre, Griñán, Mas, Botella, tantos). Insisto, son solo ejemplos de algunos de los que han estado en el mainstream. El caso es que la enfermedad se había colado en más de 8000 ayuntamientos, en más de 40 diputaciones provinciales, en cientos de consejerías regionales, en 17 comunidades autónomas y en una parte importante de los gobiernos centrales, en miles de empresas promotoras y constructoras, en las cajas gestionadas por políticos, en el enjambre de miniempresas que afloraron para especular, en el modelo de educación y, bajo mi punto de vista, lo peor, en la percepción de una grandísima parte de los españoles que, sin criterio, adocenados y tal vez cansados y aburridos, hemos visto como las luces que nos guiaban se han esfumado y vamos a tientas buscando desesperadamente una salida contrarreloj.

Para encontrar la salida necesitamos un modelo y un objetivo, las personas adecuadas y hacer las cosas fáciles. Me consta que, aun rodeados de este erial, en España hay muchos empresarios, trabajadores, un puñado de políticos y miles de personas anónimas que no solamente son críticos con lo que hemos tenido, sino que están manos a la obra en la misión de construir un modelo ganador basado en el esfuerzo, el sentido común, la honestidad, la innovación en procesos y formas y en el conocimiento. Sin esas variables, solamente aspiraremos a autoengañarnos en burbujas que duran lo que duran. Cuando hablo de estas personas que trabajan en ello no pienso (ni penséis) en las acampadas de Sol o de la Plaza de Catalunya. La crítica sin propuestas constructivas y articuladas son gestos voluntaristas, seguramente bonitos, pero pueriles. Manos a la obra. Es posible.

domingo, 13 de mayo de 2012

Cambios infinitos



El ritmo de cambios infinitos seguía su curso. Ruth miró cómo descolgaban las dos banderolas de una farola y confirmó que en su lugar colocaban otras anunciando una obra de teatro. Habían pasado algo más de veintiséis años y pequeñas rutinas como la que acababa de presenciar se habían repetido hora a hora, día a día, desde que su padre murió.

La secuencia de pequeños y grandes cambios había dibujado un mundo muy distinto al que él había conocido, pero tenía una mínima convicción, mínima pero suficiente, de que en cierto modo él seguía vivo cada vez que le recordaba, cada vez que se sorprendía por algo o cada vez que se preguntaba por la suerte que ella tenía al poder seguir asistiendo a este ciclo sin fin.