sábado, 9 de julio de 2011

Una fotografía y una burbuja


Esta foto la hizo una niña de 7 años, pero bien podría haber sido publicada en cualquier medio o en redes sociales como una más entre las miles que alimentaron el imaginario colectivo durante la segunda quincena de mayo.


Fuel el sábado 21 de mayo de 2011, jornada de reflexión previa a las elecciones municipales y autonómicas celebradas en España. Algo distinto parecía estar pasando. Una oleada de indignación y sopor por el estatus circundante emergía de las plazas de las principales ciudades españolas. Ese día yo estuve en Sol, epicentro de la protesta en Madrid. Estuve con mi familia. Recorrí los corros, miré, escuché, anoté, fotografié. En un momento dado cogí a mi hija a hombros para que viese con perspectiva lo que había allí, que oliese lo que pasaba. Cuando ella estaba arriba, le di la cámara de fotos y le dije que disparase a todo lo que le llamase la atención. Estuvo más o menos 10 minutos haciendo fotos de todo lo que veía. Cuando llegué a casa y revisé las cientos de imágenes y empecé a mirar el bloque que había disparado ella, reparé en que la primera de todas era la que abre este post. La llamé y pregunté que por qué había hecho esa foto. Me dijo que le había gustado el brazo con el tatuaje y el teléfono rojo que también sacaba fotos.

Ella no estaba impresionada por la masa de gente que gritaba y se apiñaba en la Puerta del Sol. Aprovechó su medio viaje aéreo para centrarse en ese teléfono, en una pancarta de un nazi con orejas de Mickey Mouse que colgaba de la fachada de El Corte Inglés, en la forma sinuosa del acceso al intercambiador de transportes de Sol. Al filo de las 20.30, decidimos enfilar la Carrera de San Jerónimo. Fue llegar a la Carrera y la vida madrileña fluía con calma, sin coches y con la gente paseando, sentada en las terrazas. Mi hija pidió un helado. Se lo compré y nos alejamos todos por Canalejas, Alcalá, Paseo del Prado. La vida discurría con normalidad. Al día siguiente, las portadas de casi todos los periódicos eran imágenes amplificadas de la Puerta del Sol repleta de gente, como si Madrid estuviese tomada por una ola imparable de contestación, necesaria pero menor de lo que parecía. En ese momento, mientras desayunaba leyendo en la prensa que aquello era el fin de muchas cosas, pensé en la fotografía que hizo Lucía, pero pensé sobre todo en la foto que disparaba ese teléfono rojo y que, como miles de fotografías más, viajarían por las redes sociales amplificando el efecto de las movilizaciones, impulsando e hinchando una burbuja, la de la percepción, que es la única burbuja que en la postmodernidad, cuando se pincha, siempre es sustituida por otra igual o mayor.

Ya lo decía Jacques Derrida. Nada es lo que parece y casi todo es mentira.