viernes, 2 de abril de 2010

Viernes Santo


Fuente: culturandalucia.com

Hoy es viernes santo según la tradición católica. Es una fecha singular para los creyentes católicos en general y para la Iglesia [católica] en particular. Esta fecha rememora la muerte de Jesús de Nazaret y su vía crucis desde que fuese detenido, flagelado y condenado a muerte en la cruz según el uso romano de la época, a la sazón, imperio dominante durante la época en la región de Judea y en la actual Palestina.

Pero lo singular de este viernes santo no es que lo sea y que cientos de miles de devotos y turistas tomen las calles de pueblos y ciudades por inercia, por devoción o por tomar una buena instantánea que justifique el viaje. Lo singular de este viernes santo está en la Iglesia como institución, que pasa por uno de sus momentos más bajos ¿Y qué ángulo me interesa de este asunto? Pues el ángulo de la imagen y de la comunicación. Este es un blog sobre comunicación y sobre percepciones sociales, no sobre fe y razón.

La Iglesia católica tiene un problema de imagen y comunicación realmente grave. El púlpito, el altar y el confesionario han sido siempre los canales a través de los cuales la Iglesia ha incidido, controlado y condicionado la manera de pensar de sus feligreses. Si a esto le unimos que la libertad de culto o simplemente el agnosticismo o el ateísmo simplemente eran minoritarios, la fórmula era perfecta para no necesitar apretarse los machos y adecuar la estrategia. Hoy esta fórmula no funciona. Y no lo hace, en primer lugar por falta de masa crítica. Los templos pierden afluencia, uno de cada tres hijos tienen a padres no casados, las uniones civiles superaron hace tiempo a las religiosas y los modelos de familia son heterogéneos ¿Cuándo perdió el paso la Iglesia? Todo indica que la sociedad del hipervínculo y la movilidad geográfica han anulado el efecto de los canales de control habituales de la iglesia.

En segundo lugar, la fórmula de la Iglesia no funciona porque sus símbolos e iconos aglutinan los sentimientos religiosos, pero estos no sirven para articular un discurso que movilice. Los símbolos e iconos simplemente mantienen encendido el sensum (que no es poco). Analicemos si no, los contenidos informativos de los últimos quince días: el supuesto encubrimiento de casos de pederastria por parte de obispos, la negación oficial de los Legionarios de Cristo de su fundador, Marcial Maciel, como responsable de casos de pederastria, los obispos alemanes tumbados boca abajo delante del altar pidiendo perdón por los casos de pederastria, el Papá Benedicto XVI desmarcándose con un discurso medido y sustantivado. Tras esta ola de casos, ha reventado la semana santa con todos sus símbolos, saetas e histrionismos donde la Iglesia no es la protagonista. No, no lo es. Los protagonistas son la factura de las tallas de Valladolid, la tamborrada de Calanda, los llantos y la reconcentración frente al Cristo del Gran Poder o la Dolorosa, los ensogados de Valverde o las flagelaciones de los 'picaos'. El caso es que las procesiones mantienen vivas las constantes vitales de la Iglesia con cierta fuerza. Los símbolos tienen nervio y estos símbolos se mantienen en pie por una extraña mezcla de fe, tradición, pose, miedo, emoción y recursos que llegan por ser, muchas de las procesiones, Bienes de Interés Cultural o simplemente de Interés Turístico.

En cualquier caso ¿Le vale a la Iglesia con adaptarse a Internet o cambiar el formato de misas y pastorales? No, el problema es el discurso, su morfología y su consistencia. La morfología discursiva de la Iglesia es a veces circular, en ocasiones hiperbólica y casi siempre críptica. Desde la óptica de la comunicación, esta estructura discursiva y el debate abierto y descarnado sobre los dogmas católicos acarrean un desgaste difícil de recuperar. El caso es que la Iglesia siempre gana. No lo digo yo, a la historia me remito. Cuando se ha visto entre la espada y la pared, cuestionada o aparentemente vencida, le ha bastado con transformarse en otra cosa para seguir influyendo. Hoy, el desgaste institucional es compensado por movimientos organizados y conocidos como Opus Dei o Neocatecumenales, a otros más desconocidos que funcionan como grupos de presión con causas por bandera como la familia o el aborto. El futuro de la Iglesia pasa por que la atomización actual de grupúsculos se agregue y adquiera relevancia discursiva y utilizando canales de difusión adaptados a los tiempos que corren. El proceso está en marcha. Los escándalos actuales han salpicado a los purpurados, pero la intraiglesia está alerta.

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