martes, 22 de junio de 2010

Los analfabetos

Si se siguen bajando el sueldo de los ministros y de los altos cargos de la Administración, pues no llegarán a ello nada más que los analfabetos”, ha recocido. Para Boyer no se trata de “equiparar estos sueldos a los de los presidentes de los bancos, pero a lo mejor sí a los de algunos subdirectores generales de cualquier empresa, algo que me parece razonable”. Pese a ello, en la actualidad se considera mayor para desempeñar cualquier cargo político.



Estas declaraciones del ex ministro de economía durante el primer gobierno de Felipe González tienen una doble derivada: la primera te lleva a pensar 'qué fuerte', empujados por esa tendencia anodina de quedarse en lo políticamente correcto, pero en una segunda derivada, Boyer pone el acento en el problema nuclear de la involución política: hay mucha gente buena a la que no le compensa sufrir en la política por un sueldo muy inferior al que podrían cobrar como directivos de muchas empresas. Sí, el compromiso político y la vocación de servicio público son y deberían ser los drivers, pero lo que ha dicho Boyer es un insight clarísimo de algo que está instalado en el imaginario de muchos profesionales que, habiendo flirteado con ser políticos, fueron expelidos como cuerpos extraños del engranaje de los partidos.

Un directivo de una Pyme media más o menos rentable cobra más que el presidente del Gobierno y más que cualquier ministro. No sale la ecuación entre el índice de presión, responsabilidad y coste personal respecto a la remuneración que recibe el cargo público.

Los políticos de carrera suelen desembarcar con notable éxito en empresas, pero el viaje inverso es un suicidio. En el primer grupo tenemos al propio Miguel Boyer, a José María Aznar, a Jordi Sevilla o a Eduardo Zaplana. En el segundo a Manuel Pizarro. La asimetría es clara.

Capítulo aparte merece la corte de asesores. Muchos de ellos advenedizos que crecen como setas alrededor del político. Esta corte incontrolada y a menudo poco formada es otra de las causas de los males que aquejan a la política. En definitiva, las declaraciones de Boyer dejan un cabo interesante del que tirar. A la formación se le une la baja remuneración. Un problema estructural claro.

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