domingo, 17 de octubre de 2010

El futuro del periodismo IV: la televisión



El periodismo en televisión está condicionado desde hace años por el ritmo que imprime el medio. La televisión es un animal distinto a todos los demás. Precisa de ritmo narrativo, encaje entre lenguaje visual y narración y sorpresa. La televisión es el único medio capaz de deformar los contornos del receptor. Exponerse a la televisión implica acabar deformando nuestra posición de receptores hasta tal punto que nuestra figura acaba empotrada en un sillón, repantingada en un sofá o casi levitando en el borde de una silla.


Esta ‘virtud’ y la dependencia de la imagen para dar forma a la narración periodística sume al periodismo televisivo en la imperfección del ‘sólo funciona si hay imágenes’. Por esto, el periodismo en televisión es un género pseudo cinematográfico. Las imágenes que acompañan a la narración contribuyen a enmarcar y a reforzar las consignas, el drama, la ironía o el sarcasmo. Tanto es así, que la componente de exageración de los acontecimientos hace de este género uno de los más influenciables de todos los géneros periodísticos. Al otro lado, el de los consumidores de la información, es necesario hacer un gran esfuerzo para no caer en el marco que impone la imagen si queremos que las emociones no acaparen la decodificación de los mensajes.

En la televisión actual, fragmentada en decenas de canales, la manera de tensionar y atrapar a la audiencia pasa por las conexiones en directo, por el está pasando ahora, aunque lo que esté sucediendo en ese momento no sea nada relevante ni trascendente. La clave del modelo pasa por posicionar el producto informativo como el ojo que todo lo ve. El directo no permite distinguir lo verdadero de lo falso. Este no distinguir lo verdadero de lo falso se inauguró a principios de los noventa con la primera guerra del Golfo, retransmitida en una especie de ‘directo’ plagado de luces fosforescentes e imágenes de movimientos de tropas en el desierto mientras los narradores, comentaristas y colaboradores de las televisiones norteamericanas apuntalaban las imágenes con sentencias y aseveraciones que construían un relato unidireccional. Bien, la primera guerra del Golfo fue un caso extremo, pero hizo escuela y ese modelo ha impregnado el futuro del periodismo televisivo actual: parcial, imperfecto, condicionado, cinematográfico, superficial, machacón y seguramente necesario para alimentar nuestras urgencias por saber (que no por conocer).

Michael Moore en su documental Bowling for Columbine revisa el tratamiento informativo que dieron al infanticidio cometido en su pueblo natal, Flint, las grandes cadenas de la red de televisión estadounidense. Moore es un personaje controvertido. Personalmente creo que el grado de demagogia visual y argumental de sus documentales es directamente proporcional a la hilaridad con la que es capaz de denunciar asuntos, acontecimientos, políticas o personajes a los que pocos osan tocar.

En cualquier caso, el ejemplo que utiliza Moore en su documental y en su libro Estúpidos Hombres Blancos, es un gran ejemplo que ilustra el tratamiento epidérmico que los medios de comunicación y los periodistas realizan sobre asuntos que requieren de una atención mayor. La secuencia es demoledora. Los bustos parlantes desplazados al lugar de los hechos por las cadenas de televisión, aparecen más preocupados por escarbar en la zona lacrimógena de los espectadores que en informar de los acontecimientos y analizar, aunque sea mínimamente, las causas de los sucesos.

La hilera de unidades móviles de televisión y de locutores postrados delante del instituto Columbine para vestir las informaciones con calificativos fáciles y emotivos; la preocupación de uno de los locutores estrella por aparecer bien peinado después de dramatizar su ejercicio informativo, son paradigma de la viciada acción informativa actual.

Una gran mayoría de periodistas asume cuáles deben de ser los elementos que caractericen su trabajo: simplificación, dramatización, sumisión a la línea editorial del medio y dosis de polémica. El resultado de esta combinación dará lugar a una buena historia, aunque la realidad diga lo contrario. De este modo, los medios informativos se yerguen como canales de vivencias poderosas y parciales.

Una vivencia mediática nunca suplantará a las experiencias, pero es necesario exigir que las informaciones sean lo más completas posibles. No pueden ser fotos fijas de hechos concretos, acontecimientos desvinculados de sus causas y efectos. Mucho cambiarían las percepciones y diferentes serían las conversaciones en la sociedad si las informaciones que consumimos abundasen en esta dirección. Muchos serían los clichés y lugares comunes que desaparecerían de la sociedad si las informaciones buceasen en las realidades, causas y consecuencias que circulan por las alcantarillas del sistema.

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