sábado, 2 de mayo de 2009

Relativizar

Eric Berne acuñó sus teorías sobre Análisis Transaccional (AT) y las aplicó. Aplicar la investigación solamente está al alcance de mentes muy preclaras. La de Berne lo era. Tanto es así, que en pleno auge del psicoanálisis, tuvo el arrojo suficiente para abandonar la teoría psicoanálítica para construir una basada en la comunicación. La profusión de derivadas y aplicaciones de su obra nos sigue ofreciendo hoy caminos inéditos por los que adentrarnos y entender cómo se mueven las sociedades actuales. Un ejemplo de ello es el 'hambre de estímulo', noción básica de la teoría berniana para entender los porqués de muchos de los problemas típicos de las relaciones interpersonales. Pero el 'hambre de estímulo' de Eric Berne fue interpretado y ampliado de manera magistral por Claude Steiner, unos de sus discípulos más originales. Steiner refuerza el concepto de Berne incorporando una noción nueva: 'hambre de información' y lo fundamenta afirmando que si el hambre de estímulo es precursor del hambre de reconocimiento y del hambre de caricias, entonces el precursor de las tres es el 'hambre de información' (Transactional Analysis Journal 1997 Vol. 27, 1).

Bien, pero ¿cómo encaja esto en la manera de configurar la realidad que actualmente tenemos? ¿Es realmente tan importante la información para las sociedades actuales? Los matemáticos Shannon y Weaver definieron la información en 1949 de la siguiente manera: es un medio para reducir la incertidumbre. Es magnífica esta definición por su simplicidad no exenta de carga de conocimiento. Efectivamente, sin información, la tendencia natural de las sociedades es al desorden, al caos y a la entropía. La información contrarrestra la decadencia. Las personas necesitamos información para vivir y para configurar el mundo que nos rodea. Ahora bien, y aquí reside una variable importante ¿Qué tipo de información? Siendo esta un elemento inconscientemente necesario para nuestra supervivencia, la necesidad atávica de información es también nuestro punto más vulnerable. Esta vulnerabilidad se acentuó durante el siglo XX y emergió la propaganda como un sucedáneo aceptado por la gran mayoría de los destinatarios. Steiner afirma que "las personas no son víctimas pasivas de la propaganda, sino que realmente la buscan y la reciben con ganas". Es fácil detectar entonces (y ahora también) la querencia masiva a buscar la desinformación y aceptar esta en lugar de la información valiosa y rigurosa. Antes, la desinformación la encarnaban enormes maquinarias impulsadas desde los grandes núcleos de poder. Ahora esto sigue sucediendo en una suerte de gran holograma a partir de las estrategias de comunicación y relaciones públicas. Esto es tan apabullante, que más del 80% de los contenidos informativos que consumimos son informaciones inducidas, condicionadas o interesadas. Por lo tanto, ahora más que nunca, cobra sentido aquél axioma formulado por Ignacio Ramonet que afirmaba que para estar bien informados hay que hacer un gran esfuerzo. Es preciso relativizar todo y sobreponernos día a día la vivencia táctil, catódica y binaria que nos rodea.

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