lunes, 4 de mayo de 2009

Un ejemplo no actual

El 3 de septiembre de 2004 las fuerzas de seguridad rusas asaltaban el colegio de la república de Osetia del Norte. Un grupo de malhechores chechenos había retenido a centenares de niños, profesores y padres en el interior del colegio. Solamente un día antes del fatal desenlace, tras dos días de sitio, tensión e incertidumbre, el presidente ruso, Vladimir Putin, había asegurado que la prioridad era salvar la vida de los rehenes (El Periódico, 03/09/2004: 8). Pasadas 24 horas de esta declaración de intenciones, las fuerzas de seguridad rusas asaltaban el colegio causando más de trescientos muertos y dejando centenares de heridos.

Hasta aquí el resumen de unos acontecimientos que, con más o menos intensidad, más o menos muertos, ocurren a diario en todo el mundo. Pero si indagamos en lo que se dice, se sabe y se conoce acerca de un acontecimiento de estas características, podemos constatar que en el discurrir de los acontecimientos confluyen la mentira (la de Putin, presidente ruso en aquél momento y actual primer ministro), la instrumentalización de los medios (la que hace el gobierno ruso para sorprender luego a la opinión pública mundial y a los asaltantes) y el tratamiento pueril que los medios hacen de estos hechos.

Pasadas las 14.30 horas del mismo día 3, una vez conocida la sorprendente noticia del asalto y de la muerte de cientos de niños, los servicios informativos de la emisora de radio española Onda Cero entrevistaban a Carlos Taibo, especialista en política rusa. La entrevistadora tomaba partido a través de una temeraria pregunta afirmativa (aseveración, diría yo) en la que pedía que Taibo valorase los métodos salvajes (sic) de los chehenos.

Taibo respondió que [métodos salvajes] “de los Chehenos y del ejército ruso” que había causado más de 100.000 muertes gracias a una política de “tierra quemada o terrorismo de estado” y completó la afirmación aportando datos en los que evidenciaba que el problema de Chehenia no era un asunto de buenos o malos.

A continuación la entrevistadora insistía en cómo podía justificarse que los chechenos actuasen de manera tan cruel para reivindicar cuestiones políticas. Taibo apeló a conocer las causas que pueden arrastrar a alguien a la desesperación y se preguntaba qué causas podían desesperar tanto a una chica de 22 años en Gaza o la Cisjordania para inmolarse matando. Tras ese paralelismo Taibo apelaba a la complejidad del problema y a que políticos y medios de comunicación deberían prestar más atención a la política terrorista que desarrolla el gobierno ruso o el del, en aquel momento, primer ministro Sharon en Israel.

Cabe preguntarse ¿qué sabemos realmente del conflicto entre rusos y chechenos? ¿lo que nos dicen las imágenes de niños heridos o muertos víctimas de un asunto en el que se miente?

Una vez más lo sangriento, lacrimógeno o terrorífico condicionan el interés de la noticia ¡¡cientos de muertos!! No cabe duda que es un hecho noticioso y de interés, pero cabe preguntarse por las noticias de los 100.000 muertos provocados por el ejército ruso en Chechenia. Tal vez si conociésemos la política de tierra quemada desarrollada por el gobierno Putin instrumentalizando al ejército ruso (Taibo dixit), nos pensaríamos dos veces cómo y cuándo utilizar el término terrorismo o terrorista. En definitiva, pasaríamos de saber algo que ha sucedido, a conocer los porqués del suceso de una manera más adecuada.

La actualidad, lo actual queda desgajado de su contexto de contemporaneidad. Esto ocurre hasta tal punto que lo que hoy es noticia no lo será al día siguiente. Tanto la información sobre un acontecimiento como la experiencia perceptiva que cualquier individuo pueda tener sobre tal hecho, quedan sepultadas en un aluvión de nuevos acontecimientos que se convierten en referentes informativos. Esto lo explicaba de manera sublime Manuel Azaña:

Lo contemporáneo es, pues, distinto a lo actual. Y en cierto sentido incompatible con ello. Lo actual se obtiene mediante cortes verticales en la cinta del tiempo que transcurre. Hoy es actual lo que ayer no lo fue ni lo será mañana. Lo contemporáneo se establece en la visión profunda, penetrando de una en otra capa para abrir comunicación entre una sensibilidad personal de hoy y obras y personas de otros días. Emboscarse en lo actual, poner la sensibilidad al filo de lo actual, suele ser aturdimiento nacido de la frivolidad y conduce a perderse. El ingenuo gustador de cosas literarias que se imagina estar a tono con la sensibilidad del día, no sabe siquiera por dónde va la suya propia ni a qué tiempo pertenece, porque lo actual abarca direcciones no sólo múltiples, sino contrapuestas (Goytisolo, 2004: 80).

Esta cita que destaca Juan Goytisolo en un su ensayo El Lucernario, sobre la figura literaria de Manuel Azaña, él la usa para ilustrar la realidad literaria que divide a los escritores que cultivan la fama y la imagen y aquellos que se sumergen en lo contemporáneo. Bajo mi punto de vista, la reflexión del prócer Azaña es un molde perfecto que ilustra la clave de la perversa y actual deriva de la industria informativa.

El orden informativo actual, la involución en el rigor de los contenidos informativos que ofrecen los medios, ambos sustraen al individuo del conocimiento crítico y lastran el debate cívico. El orden informativo actual nos permite saber, pero no conocer; el orden informativo actual nos impresiona con sus contenidos, pero la impresión y la afección dura el tiempo que tardamos en consumir la información. Un rato, un instante.

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