lunes, 29 de junio de 2009

Lo que la crisis no va a cambiar

La crisis va a cambiar menos cosas de lo que parece. Durante los últimos meses han sido muchos los comentarios y reflexiones que vaticinaban que la crisis financiera acarrearía reestructuración de los mercados financieros, pero también cambiaría los hábitos en la forma de gestionar las empresas, los gobiernos y las actitudes de los consumidores.

Lo que seguro va a traer la crisis es más regulación en el ámbito financiero y habrá menos laxitud en la permisividad hacia los paraísos fiscales. A partir de ahí poco más. Un par de ejemplos: hasta el verano del año 2007, asistíamos a un crecimiento esperanzador, por ejemplo, de la conciencia sobre los efectos del cambio climático. Este fenómeno era bueno per se por evitar el calentamiento global, pero lo era también porque esta toma de conciencia obligaba a empresas e individuos a modificar conductas perniciosas contra el entorno. Por lo tanto, la emergencia de esta conciencia verde acarreaba una seria opción de cambio estructural. Pero lo más interesante de todo residía en que esa posición responsable se empezaba a ramificar a otros ámbitos del desarrollo sostenible y responsable y, según fuese el sector de actividad, afloraban iniciativas de integración de discapacitados, de paridad, de excelencia en la gestión, de conciliación, de trato justo a las personas, etc. Precisamente si ha cambiado algo la crisis actual, es que estos discursos han desaparecido de la agenda de los medios, de las prioridades de cientos de organizaciones e incluso ha desaparecido de la agenda política.

Otra cosa que la crisis no va a cambiar es que la sociedad se vuelva más responsable en sus hábitos de consumo ¿Por qué? Porque queramos verlo o no, esta crisis, por enésima vez en la historia, tiene dos velocidades: la que afecta mucho a muchas personas y la que afecta poco a otras tantas. Los verdaderos damnificados de esta crisis tiraban de la locomotora del consumo hasta hace poco más de un año. Hoy están en paro o viven acogotados por la enorme deuda que han contraído y que les hacía vivir en una suerte de limbo de estabilidad que se ha tornado irreal. Estos damnificados son los que antaño, en otras épocas de nuestra historia reciente, apretaban y se removían por cambiar las cosas. Aspiraban a vivir mejor. Hoy, los que aspiraban a vivir mejor son conscientes de que lo lograron, pero a un coste muy elevado y muchos de ellos no dan crédito a lo que ahora les pasa. Trabajadores que hace un año ganaban 2un buen sueldo mensual, hoy asisten dramáticamente al fin de su prestación de desempleo con una estructura vital que mantener harto compleja (hipotecas, coches, colegios, segundas residencias,…). A poco que piensen en las razones de su situación actual, inevitablemente van a encontrar parte de culpa en ellos mismos. Esto neutraliza cualquier tipo de acción. Parece imposible aspirar de nuevo a vivir mejor si ese salto cualitativo siempre será a costa del apalancamiento brutal.

Digo yo que si los que están cargados de razones para exigir cambios están paralizados por su propia realidad ¿quién los va a impulsar? Pasados cuatro o cinco años, poco a poco todo volverá a su ser. Los que vivieron esta crisis en el grupo de los que notaron simplemente su roce es lógico que no tomen conciencia de la necesidad de un cambio. Los que la han notado de lleno, irán reponiéndose poco a poco y, también poco a poco, irán imbuyéndose del mundo de las percepciones que invitan a elevarse un poco más de lo que uno puede, porque es lícito tender a ser lo que uno no es, es humana la aspiración a mejorar, pero también es esencial que nos convirtamos en ciudadanos más críticos, más atentos y mejor formados para saber diferenciar lo real de lo ilusorio. Solamente así podremos aspirar al debate cívico, constructivo y regenerador para que algo cambie…a mejor.

1 comentario:

Manu Sanders dijo...

Qué triste, pero qué cierto.