lunes, 15 de junio de 2009

Palabras

Palabras. Las palabras son la gran paradoja de nuestra era. El uso acertado de las palabras es el mejor atajo para decodificar la complejidad del mundo. Las palabras tienen poder. Pero las palabras usadas con arte y criterio y puestas al servicio de causas perversas, son el narcótico de las sociedades actuales. He de reconocer que el que mejor ha trabajado el poder persuasivo de las palabras y su poder instrumental en la era de la información ha sido Frank Luntz. Este consultor que ha dedicado su tarea a adecuar el lenguaje a los objetivos de sus clientes (corporaciones y políticos), tiene entre sus 'méritos' haber construido imperios perceptivos en torno a entidades como Fanny Mae o George Bush, entre otros. Burbujas de percepción que hacía que pareciese real y normal algo que el tiempo a descubierto falaz, mendaz y mortal y antisocial. Son ejemplos de los efectos perversos que los atajos del lenguaje pueden generar en las sociedades. Frente a Luntz han surgido contrapesos interesantes como George Lakoff, mucho más armado intelectualmente, pero menos pragmático en sus postulados. Sobre ambos escribiré más adelante en Marcomplan.

Palabras. Su poder es estremecedor. Gestionarlas técnicamente es una pasión para personas como yo, pero ponerlas al servicio de causas constructivas es una tarea urgente, necesaria y responsable. Me gusta asistir a este fenómeno que ha reeditado Obama. Con él la palabra a vuelto a escena y ha cobrado un protagonismo ya perdido en política. Debemos reivindicar ya la vuelta de la palabra como herramienta de entusiasmo, de movilización, de incentivo, de pasión, de ánimo y de ilusión; la vuelta de la palabra eficaz, ágil y certera a la vida política, social y empresarial. Frente a la palabra y su valor como palanca de entusiasmo y movilización tenemos el discurso tecnócrata, pragmático y seco que impera en casi todas las esferas de decisión. Hay camino por recorrer...

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